La artritis es una enfermedad inflamatoria que afecta a las articulaciones, causando dolor, hinchazón y limitación del movimiento. Se caracteriza por la inflamación del tejido sinovial que recubre las articulaciones, lo que puede provocar daño progresivo en cartílagos, huesos y tejidos circundantes.
Es importante distinguir entre artritis y artrosis: mientras que la artritis implica inflamación activa de las articulaciones, la artrosis es un proceso degenerativo del cartílago articular sin componente inflamatorio significativo. Esta diferencia es crucial para determinar el tratamiento más adecuado.
Los síntomas más comunes incluyen dolor articular persistente, inflamación visible, rigidez matutina que dura más de una hora y limitación progresiva del rango de movimiento. En España, se estima que aproximadamente 200.000 personas padecen artritis reumatoide, siendo más frecuente en mujeres entre 40 y 60 años.
La artritis tiene un origen multifactorial donde convergen diversos elementos que aumentan la probabilidad de desarrollar la enfermedad. Los factores genéticos juegan un papel fundamental, especialmente la presencia de ciertos marcadores como el HLA-DR4 en la artritis reumatoide, que puede heredarse de padres a hijos.
La edad constituye un factor de riesgo significativo, ya que el sistema inmunológico experimenta cambios con el envejecimiento, aumentando la susceptibilidad a enfermedades autoinmunes. Las lesiones articulares previas, fracturas o traumatismos deportivos pueden predisponer al desarrollo de artritis en las zonas afectadas.
La obesidad representa un factor agravante importante, ya que el exceso de peso aumenta la carga sobre las articulaciones y los tejidos adiposos producen sustancias inflamatorias. Además, enfermedades autoinmunes como lupus eritematoso sistémico o síndrome de Sjögren pueden coexistir con diferentes tipos de artritis.
El diagnóstico de la artritis requiere una evaluación médica completa que combine el examen físico con pruebas específicas. Los profesionales sanitarios utilizan diversas herramientas diagnósticas para identificar el tipo exacto de artritis y su gravedad.
Las pruebas de laboratorio incluyen análisis de sangre para detectar marcadores inflamatorios como la velocidad de sedimentación globular (VSG) y la proteína C reactiva. Las radiografías y resonancias magnéticas revelan el estado de las articulaciones y el grado de deterioro del cartílago.
Los síntomas tempranos que requieren atención médica incluyen:
La diferenciación entre artritis reumatoide, osteoartritis y otras variantes es crucial para el tratamiento adecuado. El diagnóstico precoz permite iniciar terapias que pueden ralentizar la progresión de la enfermedad y preservar la función articular a largo plazo.
El sistema sanitario español ofrece una amplia gama de medicamentos para el tratamiento de la artritis, adaptándose a las diferentes necesidades y tipos de la enfermedad.
Los antiinflamatorios no esteroideos (AINEs) constituyen la primera línea de tratamiento. El ibuprofeno, diclofenaco y naproxeno están ampliamente disponibles en farmacias españolas, tanto con receta como sin ella en determinadas presentaciones. El paracetamol sigue siendo fundamental para el control del dolor, mientras que el tramadol se reserva para casos de dolor más intenso.
Los corticosteroides como prednisolona y metilprednisolona se utilizan para controlar la inflamación aguda. Los medicamentos antirreumáticos modificadores de la enfermedad (FAME), incluyendo metotrexato, representan opciones avanzadas para artritis reumatoide.
Las terapias biológicas están disponibles en hospitales especializados del Sistema Nacional de Salud. Los tratamientos tópicos como geles y cremas antiinflamatorias ofrecen alivio localizado, mientras que suplementos como glucosamina y condroitina complementan el tratamiento farmacológico convencional.
La fisioterapia constituye un pilar fundamental en el manejo de la artritis. Los ejercicios de movilidad articular, fortalecimiento muscular y estiramientos ayudan a mantener la flexibilidad y reducir la rigidez. Los ejercicios en el agua son especialmente beneficiosos por su bajo impacto articular.
La aplicación de calor puede aliviar la rigidez matutina, mientras que el frío reduce la inflamación durante los brotes. La dieta mediterránea, rica en pescados azules, aceite de oliva y antioxidantes, posee propiedades antiinflamatorias naturales. Los suplementos de vitamina D y omega-3 pueden complementar el tratamiento farmacológico.
Las técnicas de relajación, meditación y yoga ayudan a gestionar el dolor crónico y reducir el estrés. Un descanso reparador es esencial para la recuperación articular. Adaptar el entorno doméstico y laboral con ayudas ergonómicas mejora significativamente la calidad de vida del paciente.
Mantener un peso adecuado reduce la carga sobre las articulaciones, especialmente rodillas y caderas. El ejercicio regular, adaptado a las capacidades individuales, fortalece la musculatura periarticular y mejora la estabilidad articular.
La ergonomía en el trabajo y hogar previene sobrecargas articulares. Utilizar calzado adecuado con buen soporte y amortiguación es fundamental. Las ayudas técnicas como bastones, abridores especiales o utensilios ergonómicos facilitan las actividades cotidianas.
Es importante buscar atención médica urgente ante signos de infección articular, pérdida súbita de movilidad o dolor intenso no controlado con la medicación habitual.